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15/01/2016

Artículo por J.F. Cahner: "Consumo y Endeudamiento. Un análisis racional"

No es infrecuente leer estos días análisis o titulares atribuyendo la actual coyuntura económica al exceso de endeudamiento. Todas estas opiniones expresan un lugar común: ?hemos vivido por encima de nuestras posibilidades?. Esta corriente de opinión ha trascendido el ámbito del análisis financiero, ha saltado a tertulias o a conversaciones comunes, algunas veces, expresada en un tono que parece más propio un auto de fe. El éxito de este estado de opinión se debe, en buena medida, a que enlaza con el prejuicio de calificar como deshonesto el mundo financiero en general, y el endeudamiento en particular. Muchas fábulas y cuentos infantiles crecen en ese sustrato, identificando el endeudamiento y/o el consumo a la indolencia y el ahorro a la laboriosidad. El endeudado debe soportar la ?losa? de los intereses como ?castigo? a su falta de prudencia.

No es infrecuente leer estos días análisis o titulares atribuyendo la actual coyuntura económica al exceso de endeudamiento. Todas estas opiniones expresan un lugar común: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Esta corriente de opinión ha trascendido el ámbito del análisis financiero, ha saltado a tertulias o a conversaciones comunes, algunas veces, expresada en un tono que parece más propio un auto de fe. El éxito de este estado de opinión se debe, en buena medida, a que enlaza con el prejuicio de calificar como deshonesto el mundo financiero en general, y el endeudamiento en particular. Muchas fábulas y cuentos infantiles crecen en ese sustrato, identificando el endeudamiento y/o el consumo a la indolencia y el ahorro a la laboriosidad. El endeudado debe soportar la “losa” de los intereses como “castigo” a su falta de prudencia.

Obviamente gran parte de la crisis actual se deriva del exceso de apalancamiento, pero optar o no por el endeudamiento y escoger nuestras pautas temporales de consumo son decisiones que deben tomarse de forma racional, huyendo de prejuicios y clichés. Ser libre es, entre otras cosas, tener la libertad de escoger qué nos satisface, lo que los economistas llamaríamos construir nuestra función de utilidad: qué y cuando nos gustaría consumir. Para pasar de la voluntad de consumir, a la decisión de consumir debemos tener en cuenta la restricción que implican los recursos con los que contamos, lo que se denomina nuestra restricción presupuestaria. Así de forma racional, debemos seleccionar aquel punto donde nuestro consumo nos permite alcanzar la máxima utilidad, dada nuestra restricción presupuestaria. Es en este punto cuando la existencia de un mercado financiero accesible a particulares cobra dimensión social, puesto que permite al consumidor obviar el momento de la obtención de rentas cuando fija sus pautas temporales de consumo. Dicho de otro modo, nuestro consumo solo debe depender del valor presente de nuestras rentas a lo largo de nuestra vida, el momento en el que se obtengan es irrelevante puesto que el consumidor puede optar por el endeudamiento. El sistema financiero hace posible, mediante nuestra decisión sobre ahorro/endeudamiento, traer y llevar flujos financieros al momento temporal que deseemos (donde se maximiza nuestra función de utilidad): No aprovechar esta posibilidad es añadir a nuestra restricción presupuestaria, una restricción crediticia de una forma absurda.

Veamos un ejemplo, supongamos que las rentas anuales de una familia son de 50.000 € netos anuales, y que el conjunto de gastos de la misma suponen 45.000 € anuales, es decir es capaz de ahorrar 5.000 € anuales. Supongamos ahora que esta familia sufre un cambio en su función de utilidad, por ejemplo, es necesario comprar un vehículo mayor para dar cabida al cochecito de un bebé. Si el precio del coche es de 15.000 €, podemos esperar tres años y comprarlo con nuestro ahorro acumulado, pero ¿qué sentido tendría?, para cuando eso fuera posible probablemente el cochecito de bebé ya no sea parte del equipaje de la familia. ¿Qué diferencia existe entre pagar 15.000 pasados tres años o pagar 5.000 anuales durante tres? En términos de utilidad para la familia es evidente que la diferencia es notable y, en función de la carga financiera (intereses) que el préstamo suponga, optar por la vía del préstamo será lo racional.

El anterior es un ejemplo burdo si se quiere, pero pone de manifiesto como el préstamo aumenta la felicidad (utilidad) de la familia y que los “intereses” pagados son el precio de esa felicidad, no un “castigo” por su exceso de consumo. La clave para que la financiación sea una opción válida está en que el valor actual de los flujos derivados del pago de las cuotas del préstamo sea igual o inferior al valor actual de los ingresos futuros de la familia. Hay que considerar que las tasas de descuento necesarias para el cálculo de ambos valores actuales es distinta, en el caso del valor actual de las cuotas es necesario utilizar una tasa de descuento equivalente al tipo de interés sin riesgo, dado que es seguro que debemos pagarlas, y utilizar una mayor para los ingresos, atendiendo al grado de incertidumbre que tengamos sobre los mismos. Es cuando no se cumple esta condición cuando “se vive por encima de las posibilidades”. Sin embargo el problema no está en el endeudamiento, si no en que las preferencias de consumo de la familia sobrepasan su restricción presupuestaria. La financiación es simplemente una herramienta, no es “buena o mala” per se, son los empleos que de ella se hacen los que determinan su “bondad”, demonizar el uso de la financiación es simplemente confundir las causas reales del problema.

Afortunadamente, vivimos en un entorno de libertades y gozamos de acceso, incluso como particulares, al mercado de capitales. Merece la pena sacar ventaja de ambas cosas, máxime cuando se considera que durante una parte significativa de la historia de la humanidad (incluso hoy en día, para muchos habitantes del mundo), no ha sido posible. No debemos permitir que clichés o prejuicios nos limiten.