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15/07/2019

Artículo sobre ‘El pulso estratégico China – EE.UU’ por Luis Torras (Banca Privada, Inversión)

Las diferencias de cosmovisión entre Occidente y Oriente no son cosa nueva, como tampoco lo son los conflictos derivados de esta. En 1792, el entonces Rey de Inglaterra Jorge III envío a Lord McCartney en una delicada y conocida empresa diplomática que pretendía establecer puertos francos en China.

Artículo sobre ‘El pulso estratégico China – EE.UU’ por Luis Torras (Banca Privada, Inversión)
Inglaterra, en plena Revolución Industrial, arrastraba un déficit comercial cada vez mayor con el Imperio Celeste: los ingleses demandaban té, seda, porcelanas y otros bienes de oriente sin que existiera contrapartida por parte China; entonces una pálida imagen de lo que había sido tres siglos atrás.
 

Lo cierto es que los más de 600 regalos que narran los cronistas traía el séquito inglés no impresiono al emperador Qianlong ni logró convencer a los mandarines de las bondades de abrir el comercio.

La embajada fue un fracaso y a los pocos días la delegación fue expulsada de Pekín. Años después, los mercados iban abrirse a la fuerza con las Guerras del Opio de 1839 y 1842 que marcaran el inicio del “siglo de humillaciones” chino y el auge del dominio occidental.
 
La embajada de Lord McCartney fue un “choque de civilizaciones”, propicios en momentos en los que el equilibrio geopolítico se altera de forma estructural. La guerra comercial que hoy enfrente a Estados Unidos y China responde a uno de estos excepcionales momentos en los que la geometría del tablero político global cambia. Desde esta perspectiva, la escalada arancelaria entre ambos países no es tanto una guerra comercial –es tan sólo un arma–, sino que tiene que verse como un pulso para la defensa y ampliación de sus respectivas áreas de influencia.
 
A diferencia de la China del emperador Qianlong, cerrada y decadente, la China de Xi Jinping llega al siglo XXI con una confianza renovada tras cuatro décadas de gran crecimiento y prosperidad sin precedentes. El proceso de “reforma y apertura” que inicia el país a finales de los años 70, impulsado por Deng Xiaoping, ha permitido a China corregir el retraso crónico que mantenía con Occidente en el lapso de una generación.

El país ha sabido beneficiarse de la globalización atrayendo inversiones. Lo que le ha permitido, de forma muy inteligente, poner a su numerosísima población a trabajar. El resto, ya es historia.
En esta trayectoria ascendente, China ha desarrollado un vínculo especial de dependencia inversora y comercial con EE UU

 –Niall Ferguson acuñado el termino “Chimerica”–.

Se trata de una codependencia financiera compleja que mantiene cosidos a ambos países: China vende a EE UU, su principal cliente, y a su vez ha invertido de forma masiva (entre otros mecanismos) en deuda americana para evitar en muchos momentos una sobrevaloración excesiva con respecto al dólar.

Con la crisis de 2008, esta codependencia se pone a prueba. El escenario cambia: Occidente tiene que hacer frente a un severo ajuste del consumo, mientras que China se ven con la presión de la sobrecapacidad inversora.
 
Ante este escenario de vértigo, en ambos hemisferios se opta por afrontar la crisis (mal diagnosticada) con medidas monetarias y fiscales neokeynesianas: se busca reactivar la demanda a toda costa. Un enfoque miope y de recorrido limitado. Se pretender crecer vía devaluaciones competitivas que generan una absurda carrera hacia ninguna parte. La guerra comercial es otro episodio de la constante guerra de divisas que ha caracterizado el largo periodo poscrisis.
 
En paralelo, China se ha hecho mayor. La anteriormente potencia demográfica y económica, con más bien muy poca presencia internacional tras los Juegos Olímpicos de 2008 –su puesta de largo en el nuevo siglo– ha ido agudizando su perfil político.

China nunca ha sido una civilización expansiva como Occidente, sino más bien introspectiva: Luis Racionero señalaba hace tiempo cómo unos hemos inventado los viajes espaciales y llegado a la Luna, mientras que los otros han inventado el viaje introspectivo y el Yoga. Durante su apogeo, China nunca tuvo el anhelo colonial que sí tuvo Europa. Sin embargo, esto no es óbice para que la nueva China, hambrienta de materias primas, tecnología y nuevos mercados,  no ambicione asegurar y ampliar su esfera de influencia.

En este contexto se enmarca el actual pulso estratégico entre ambas súper potencias, que va mucho más allá de un superficial proteccionismo, sino que esta en liza el dominio del siglo XXI.
 
Luis Torras
Asociado a EFPA España